La poética de Paula Parisot viene cargada de una profunda contradicción. Contradicción que, de antemano, podría imposibilitar cualquier proceso. Pero no es lo que sucede aquí. Al contrario: la artista en cuestión habita poéticamente ese lugar. Y, por habitar una zona conflictiva (en el sentido existencial del término), termina rechazando etiquetas comunes hoy en día. Por ejemplo, uno de sus lenguajes es la escritura. Autora de novelas, no puede restringirse a la actividad de escritora. Aristóteles decía que la literatura “es el arte que imita (la vida) mediante la palabra”. De hecho, nuestra artista también imita a través de la palabra, pero no solamente. Como alguien interesada en el género humano en su conjunto, sabe que no estamos compuestos únicamente de palabras. Existe una vida de símbolos y signos que nos construyen, y es precisamente eso lo que ella persigue.
Lanzada en una profusión de lenguajes, Parisot parece estar siempre detrás de algo primordial, que la compone, que nos construye, que nos da el fundamento más básico. Y sus trabajos muestran exactamente eso. La serie Infancia, por ejemplo, consiste en un conjunto de lienzos que retratan una atmósfera blanca, casi fantasmal. La bruma lechosa que invade prácticamente toda la composición diluye las formas presentes, que se convierten en manchas de grafito, gestos borrados y muy desvaídos, hasta el punto de ser indistinguibles. En este escenario, donde la luz entra filtrada por una nebulosidad blanca muy espesa, lo único que sobresale son algunos pequeños bordados que crean formas geométricas básicas o construcciones geométricas simples y abstractas, que, en rojo, se proyectan hacia adelante.
El título de esta secuencia alude a una fase del desarrollo del individuo absolutamente crucial para la construcción de la personalidad. Hablar de nuestra infancia es revisitar estructuras muy antiguas. Al hablar de algo tan esencial, sin embargo, surge una inquietante fragilidad. Las manchas desvaídas de grafito que recorren la composición parecen evocar vínculos entre sí, pero no pueden verse con exactitud. Parecen desvanecerse, borrarse. Incluso las formas bordadas son muy pequeñas. Son configuraciones imprecisas, fugitivas. Tal vez evoquen algo que hace mucho tiempo desapareció. O lo contrario: algo que parece, aunque de manera muy embrionaria, empezar a consolidarse. No sabemos si estamos ante un final inevitable o ante el nacimiento de algo. Pero hay un juego de fuerzas en proceso, ya que, incluso frente a la “nada”, los elementos insisten en dejar sus huellas.
La serie Tessitura, a primera vista, parece aludir a una materia muerta. Hechos de tejidos superpuestos y cosidos, aunque diferentes entre sí, están unidos en una configuración algo improvisada y precaria. De apariencia rugosa y pigmentación discontinua, se asemejan a una especie de piel o coraza. Las formas aluden a lo orgánico, siendo a veces ameboides, a veces con apariencia de “lenguas”. Una mirada atenta permite ver las costuras que mantienen el conjunto cohesionado. El aspecto orgánico hace que parezca que estamos mirando algo vivo, que en cualquier momento podría emerger.
He aquí la contradicción de Parisot: aunque hable de algo muy esencial para todos nosotros, ese algo no tiene solidez ni forma inmediata; es huidizo, blando, inestable. Las cosas que representa rara vez llegan a convertirse en objetos reconocibles; la mayoría de las veces solo hacen alusiones. Pero, aun así, siguen componiendo y siendo importantes. La amenaza del colapso y del desmoronamiento no parece suficiente para borrar o deshacer los lazos y vínculos primordiales.
La materia de nuestra artista compone y se desmorona, se satura y se desvanece, se eleva pero tiende al suelo. Es precisamente desde esta grieta, desde esta contradicción existencial, que Paula Parisot nos ofrece pistas sobre el mundo que habitamos.