Parisot, con su celular encendido, filma mientras se arrastra por las calles hirvientes del centro, abrasadas por el sol y el calor. Moviéndose como una lagartija, va registrando todo lo que sucede a nivel del piso. El punto de vista, desde abajo, al ras de la realidad, representa su situación de mujer desesperada, que cayó muy bajo en su equilibrio emocional. Sin que supiera que su marido estaba mortalmente afectado por un tumor cerebral, Parisot, reciente madre de mellizos, había vivido la pesadilla hogareña de la agresión psicológica, de las alucinaciones de su compañero. La performance podría leerse entonces como una necesidad de sentir lo real con todo el cuerpo, aún al precio de lastimarlo o perderlo. La artista llagó y quemó sus brazos, piernas y vientre, como los penitentes en las brasas de la festividad de San Juan…
“No tienes que sacrificarte. Jesús te ama. Jesús hizo el sacrificio en la cruz del Calvario”, se escucha en el fondo.
—Porque Jesús ya hizo el sacrificio en la cruz del Calvario por ti, ¿está bien? Cree en Jesús y te salvarás —insistía un predicador callejero, evangelista, de los que abundan en Brasil—. Déjame ungirte —la increpaba.
El aceite produciría el milagro de devolverle el habla; Parisot no contestaba. Estaba muda, extática, inmersa en un dolor cada vez más intenso, “poseída” a los ojos del pastor. “No sabía por qué hacía eso, pero no podía dejar de hacerlo”, señaló la artista.
Otro transeúnte preocupado le preguntó:
—¿A qué le tomas una foto? ¿No hablas portugués…? ¿No hablas nada?
—Es arte, hombre —señaló el joven que lo acompañaba.
—¿Es algún tipo de trabajo artístico? —insistió el primer joven.
—Ella no te va a responder —aseveró su acompañante.
Aquellos espectadores de la performance de Parisot, el predicador y los jóvenes “cultos”, son testimonio muy valioso para entender los mecanismos de la recepción del arte. Como propuso Umberto Eco, cada lector tiene su propia “enciclopedia” y la aplica a la comprensión de la ambigüedad del mensaje estético. Los tres usaron sus distintas enciclopedias, pero coinciden al captar el sentido simbólico de la acción. Para uno, en clave religiosa; para los otros, artística. La performance es una vía de autoconocimiento para el cuerpo que la realiza. No obstante, el espectador no avisado, en una acción callejera espontánea, está lejos de ese entendimiento. Necesariamente la toma como un extrañamiento de la realidad, de lo esperable, que lo sorprende y pone en jaque a su consciencia. ¿Es o representa? Esta es la pregunta que evidencia la ambigüedad propia del mensaje estético y la reacción que toda performance busca en el espectador. Sin saber las motivaciones del performer, la pobreza, la marginalidad y la locura desatendida de las calles de las grandes urbes como San Pablo son el contexto de la eficacia de esta acción. Pobres almas desguarnecidas, colgadas de un limbo concéntrico que las traga y escupe sin que nadie se inmute.
María José Herrera, Julio 2021